9o-6o-9o, midiendo el encanto Primate.

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Nuestras sociedades actuales están llenas de tópicos y de ideas (a veces con poco fundamento, a veces presionadas por la cultura de lo “políticamente correcto”) sobre la belleza, los reclamos sexuales, la sexualidad o los roles entre hembras y machos; pero muchas veces, mucha de esa información no se corresponde con la realidad y en ocasiones hasta la cultura popular parece tener razón. La biología evolutiva, la etología y muchas otras disciplinas afines nos van dando información muy interesante sobre qué nos hace bellos, sobre por qué nos emparejamos de por vida o por qué no somos 100% monógamos.

La casi totalidad de este post hablará sobre la hembra del primate humano, la mujer. La mujer es la única que puede ser madre, la única que puede dar a luz nuevos miembros de la especie humana. En la mayoría de especies animales se dan ciertas señales que permiten a los machos saber cuándo las hembras están receptivas y, así, seguir la llamada de la Naturaleza y hacer lo posible por dejar descendencia. Recordemos que lo importante no es generar sino dejar descendencia, es decir, que los nuevos individuos lleguen a la vida adulta. En el caso de los primates, en la mayoría de ellos, a excepción de los humanos, se dan señales claras del estro femenino, lo que provoca cambios en el comportamiento masculino, con la finalidad de fecundar a las hembras para generar y dejar descendencia. En muchas especies podemos observar cambios conductuales, así como señales naturales tales como hinchazones genitales u olores intensos cargados de feromonas, que invitan a los machos a actuar. Por contra, en el caso de la especie Homo sapiens esto parece ser algo distinto. Nosotros no vemos señales estacionales que nos indiquen y nos inviten a procrear y, además, tenemos conductas sexuales en periodos como los de gestación y lactancia, hechos inéditos en otras especies. En los otros animales monógamos tampoco vemos conductas sexuales vinculadas a la procreación fuera de los periodos de ovulación y estro y, aun así, la vinculación entre las parejas se mantiene gracias un amor platónico. (Véase García Leal, 2005; p. 19).

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bipedismo

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Uno de los hechos evolutivos que más ha marcado a nuestra especie es la bipedestación, y este fenómeno que provocó tantos cambios, estructurales, fisiológicos, conductuales e intelectuales, también tuvo una incidencia directa sobre nuestra fisonomía y nuestra conducta erótica y reproductiva. A saber, al estar de pie, aparte de liberar las manos, de incrementar nuestras cabezas y aumentar nuestra inteligencia, escondimos nuestros genitales y con ello perdimos las señales tanto visuales como olfativas que indicaban el estro. Estos cambios afectaron a ambos sexos. Aunque las mujeres sean conocedoras de los ritmos de sus ciclos menstruales, no saben con certeza el momento exacto de la ovulación, ni el óptimo para la fecundación. A más, «el atractivo y la receptividad sexual de las mujeres no aumentan cuando la ovulación es inminente ni disminuyen tras la fecundación o muerte del óvulo liberado, sino que se mantienen virtualmente invariables durante todo el ciclo (el único signo evidente de infertilidad es la sangre menstrual)». (García Leal, 2005; p. 79).

Así pues, la bipedestación ha influido directamente sobre nuestro erotismo y nuestras conductas sexuales y reproductivas. Ahora bien, si la hembra humana presenta una ovulación encubierta sin señales evidentes y una receptividad estable, ¿qué recursos tiene la mujer para atraer a sus congéneres varones? Parece ser que el atractivo femenino humano se centra en tres áreas: el rostro, el busto y el conjunto cintura-caderas.

El rasgo más dominante y conocido en la sociedad humana referente a la mujer es el pecho. Los pechos de las mujeres, que albergan las mamas, son típicos y casi exclusivos de los humanos. Solamente otro tipo de primates, los Gelada (Theropithecus gelada), tienen hembras con pechos.

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Llamativo busto de Theropithecus gelada hembra. (Foto Stefan Huwiler)

Parece ser que el abultamiento adiposo alojado en la zona pectoral es un reclamo sin igual entre los varones. Aunque hay que advertir que el reclamo en sí sería el pecho joven y turgente, pues es bien sabido que los grandes pechos y algo caídos son propios de las mujeres lactantes. Esta transformación del pecho femenino en función del hecho de haber sido madre y lactante parece ser un claro indicador de qué tipo de hembra podía estar disponible y ser fecundable y que otras no. Dentro de la estructura del reclamo, también parece ser que la coloración rosada de las aréolas mamarias es un reclamo sexual muy marcado. Se ha planteado que puede ser una herencia de nuestros ancestros, en un momento en que las hembras todavía tenían el cuerpo cubierto de vello, así una zona rosada que presentaba (y todavía presenta) hinchazón durante la ovulación, sería más visible, aparte de emular la hinchazón genital. En el otro caso de pechos, el de los Gelada, se explica la aparición de este exclusivo rasgo ya que las hembras que «permanecen la mayor parte del tiempo sentadas, tienen en el pecho una copia casi exacta de su parte posterior: los dos pezones, tan juntos que las crías maman de ambos al mismo tiempo, simulan los labios de la vulva, y están enmarcados en un triángulo de piel desnuda orlado de papilas blancas, todo lo cual remeda la zona genital. El mimetismo es tan fiel que la piel del pecho cambia de color según la fase del ciclo menstrual, en sincronía con la zona genital verdadera.» (García Leal, 2005; p. 187).

El otro gran indicador de belleza femenina y gran reclamo es el que se establece en el conjunto cintura-caderas. Al margen de las evidencias cotidianas, donde se puede apreciar el gusto por las caderas anchas y por cinturas estrechas por parte de los machos humanos, parece ser que evolutivamente se fijó esta combinación ya que los vientres dilatados eran indicadores de embarazo y por lo tanto de imposibilidad de fecundación. Este combinado reclamo parece ser bastante universal e impermeable a las modas, es quizá «el criterio de belleza más femenina más estricto e invariante». (García Leal, 2005; p. 183). Los datos antropométricos que se han estudiado indican que la razón normal entre cintura y caderas, antes de la menopausia, oscila entre los valores 0’65 y 0’80, siendo los valores naturales más atractivos los que se mueven entre el 0’68 y el 0’71. La razón entre la cintura y la cadera «es un indicador fiable de la condición femenina» (García Leal, 2005; p. 183 y p. 341), hasta se han encontrado correlaciones entre los valores de dicha relación (por encima de 0’8) y la capacidad de quedarse embarazada. No es casual que los valores de la razón cintura-cadera se manifiesten desde los 16 años (ya que desde la pubertad las hembras humanas van acumulando grasa en los pechos, las nalgas y los muslos) hasta los 30. Y si nos damos cuenta, tanto en la infancia como en la posmenopausia las cinturas tienen formas más “androides”, señalando infertilidad.

Por último hablaremos de los rostros. Sabemos que las hembras humanas mantienen ciertos rasgos aniñados, tales como la voz aguda, narices más pequeñas que las de los hombres, cejas menos vellosas, pestañas más largas y caras menos angulosas y más ahusadas. labiosTambién sabemos que otros rasgos distinguen hombres de mujeres. Los varones acostumbran a tener unos labios más finos, en contra de los carnosos labios femeninos. De hecho, las caras femeninas consideradas más bonitas se asemejan más a los patrones faciales de la adolescencia. También se sabe que a medida que uno envejece, el rostro se va asemejando más a un patrón masculino, así se va perdiendo el dimorfismo facial entre hombres y mujeres. Todo esto tiene que ver con la relación que hay entre dimorfismo sexual y monogamia. Si no fuéramos más o menos monógamos y tuviéramos que luchar muchas veces para conseguir una pareja con la que tener descendencia, mantener el sex appeal tendría su sentido, pero al emparejarnos de por vida o, al menos, durante la vida fértil de las hembras, con un solo congénere, nos es necesario mantener los reclamos de por vida, es por eso que con la edad el leve dimorfismo que presentamos los humanos de difumina. Los rostros se van masculinizando y el cuerpo también. «Los gibones, que se emparejan de por vida, no muestran ningún dimorfismo facial evidente, y lo mismo vale para los otros mamíferos monógamos». (García Leal, 2005; p. 192).

Esperamos que os haya gustado el post y que os haya servido para conocer más nuestra naturaleza primate y animal, tan anclada a la evolución como la de cualquier otro animal.

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Bibliografía:

GARCÍA LEAL, Ambrosio, La conjura de los machos. Una visión evolucionista de la sexualidad humana., Tusquets, Barcelona, 2005.

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